El Grand Splendid abrió en 1919 como teatro de varietés y ópera en pleno corazón de Recoleta. Sus palcos dorados, su cúpula pintada y sus cortinas de terciopelo rojo recibieron a los más grandes artistas del mundo. Carlos Gardel grabó allí algunos de sus primeros discos. La voz, el lujo, la noche porteña en su punto más alto.
Décadas después se convirtió en librería. Y en vez de perder su alma, la multiplicó.
Hoy las cortinas siguen siendo rojas. El techo sigue siendo el mismo. Pero donde había un escenario hay libros, y donde había butacas hay lectores. El teatro no desapareció: se volvió silencioso. La ópera no terminó: se convirtió en prosa.
La Grand Splendid nace de esa paradoja perfecta.
Su paisley en rojo profundo con plata no es un patrón qualquiera. Es opulencia que tiene historia. Cada espiral remite al origen persa del motivo, a las rutas de comercio que trajeron ese lenguaje visual desde Oriente hasta los telones de los grandes teatros europeos, y desde ahí hasta las cortinas más famosas de Buenos Aires.
Es una corbata para las noches que merecen altura. Para el hombre que entiende que la cultura y el poder no se contradicen, se complementan. Que puede hablar de negocios y de literatura en la misma frase sin que ninguna de las dos pierda peso.
Porque hay piezas que se usan.
Y hay piezas que se interpretan.
La Grand Splendid pertenece a las segundas.